Una buena escucha
Una buena escucha

PUEDE CAMBIAR LA VIDA

ES POSIBLE OIR BIEN
ES POSIBLE OIR BIEN

Y ESCUCHAR MAL

APRENDA A ESCUCHAR
APRENDA A ESCUCHAR

PARA COMUNICAR

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El disléxico no tiene referencias anteriores que le permitan hacer la corrección sónica del mensaje. Todo sucede para él como si siempre hubiera oído a través de un receptor telefónico; todas las palabras, todas las letras las percibe y las analiza, a través del auricular, de manera distorsionada. Además, hay que precisar que el oído de esos niños es generalmente un receptor mucho menos fiel que el teléfono, ya que a diferencia de este último, la mayoría de las distorsiones sonoras se sitúan en el nivel frecuencia del mensaje verbal. Además, la facultad de escucha de estos niños es particularmente fluctuante.

Esas variaciones del escuchar son una fuente suplementaria de confusiones en la búsqueda de los indispensables puntos de referencia para la interpretación y la memorización de las nuevas adquisiciones. Todo esto permite comprender mejor las dificultades que encuentran esos niños para deshacerse permanentemente de sus faltas de ortografía y la gran diversidad de éstas a través del tiempo.

Una vez dadas estas precisiones sobre la dislexia, volvamos a ocuparnos del disléxico. Semejante al extranjero que sufre las dificultades de la comunicación por no haber sabido adaptar su capacidad de escucha a los niveles frecuenciales de la nueva lengua, el niño que padece dificultades escolares no conoce su propia lengua más que a través de una percepción auditiva mal establecida. El lenguaje permanece entonces exterior a él; él no sabe integrarlo, es decir impregnarse de éste, engranarlo neurológicamente, encarnarlo. Por este hecho, el lenguaje resulta para ese niño letra muerta: el disléxico es un extranjero en el mundo de la comunicación verbal. La mejor prueba de ello consiste en su manera de expresar que no lo olvidemos, nos informa de su autocontrol por medio del oído, de la manera que él se oye hablar. En general, su voz en la mayoría de los casos no es sino un refunfuño monótono, sin modulación, disonante, como si "hablara en falso". Además, su vocabulario es pobre y las palabras y entonaciones que emplea no corresponden a las situaciones descritas; las frases resultan mal construidas, el discurso es confuso, mal estructurado y entrecortado por múltiples vacilaciones. Frecuentemente es indispensable hacerle repetir lo que dice para tratar de comprenderlo.

A diferencia del disléxico, el extranjero con dificultades de comunicación, a pesar de sus desagradables experiencias, permanece sostenido por una estructura de adulto, resultado de anteriores experiencias que le han demostrado sus capacidades en otras situaciones, por lo que se siente sólido y está seguro de sí mismo. En cambio, la potencialidad del disléxico no ha podido afirmarse nunca; a él le faltan las pruebas de la experiencia; carece de bases sólidas que le impidan dudar de sí mismo y de vacilar.

Por otra parte el disléxico padece constantemente la sensación de malestar, de poseer un cuerpo-instrumento que no sabe domesticar. El lenguaje, producido por nuestro cuerpo, permite el encuentro, el diálogo con uno mismo, la armonía del cuerpo con la psiquie. Si lo que Tomatis llama la "dinámica estructurante" del lenguaje no se ha cristalizado neuróticamente, se produce la desarmonía, la disonancia interior; disonancia que impone al niño un univeso de malestar, universo que él habrá de proyectar sobre los demás y a través de los filtros con que él deforma su percepción del prójimo. Es frecuente que los disléxicos sean seres de movimientos torpes; parece que les estorba su propio cuerpo, como un traje demasiado nuevo o demasiado ajustado; no saben que hacer con sus miembros, especialmente con las manos, y su postura, ya sea rígida, ya sea blanda, carece de naturalidad y de soltura. Ese mal diálogo con el propio cuerpo explica en parte su timidez, tan frecuente, y los complejos acerca de su físico que se desarrollan en él a partir de la pubertad. El disléxico está "dislexiado" hasta en su cuerpo.